martes, 28 de agosto de 2007

JOSELE SANTIAGO, TODO UN HOMBRE




Llevo unos días escuchando el último disco de Josele Santiago, Garabatos, que no me había comprado hasta ahora.
Hace tres años su primera obra en solitario -Las golondrinas, etcétera- me arrebató de tal manera que fui a verle a cuatro conciertos casi seguidos, tres en Madrid -en el mítico Johnny, un colegio mayor de la Complutense, en el Centro Cultural de la Villa y en la explanada del Reina Sofía- y uno en Albacity -en la Feria, con un sonido pésimo-. Josele en aquellos días estaba espléndido -y lo supe desde que lo vi en los conciertos de Radio 3 en la 2 comenzar a entonar, guitarra en mano, Con las manos vacías, la versión que hace de un temazo de Chavela Vargas: un tiarrón como él gritando dolido nada más empezar que el amor es mentira, jugándose todo a una carta, exponiéndose desnudo, de esa manera, ante su audiencia, vulnerable, vivido y expectante, con tantas cosas que ofrecer, todas ellas en su punto justo. Yo, que nunca he sido de Los Enemigos -no por nada, simplemente no es mi estilo, ya sabéis que me tira más, en general, el pop y el tecno- me enamoré de Josele ipso facto, porque me pareció que ese hombre que iba desgranando un repertorio ciertamente notable, de cuya calidad creo que ni él mismo era en ese momento consciente -el disco tiene cuatro patas vigorosas que lo sostienen: Ole papa, Mi prima y sus pinceles, Tragón y Con las manos vacías, pero hay otros temas en apariencia menores que van creciendo hasta asemejarse a sus hermanos mayores: Serrín, Cuatro días, Feliz big bang, Mierda de mago, Rompes mi canción, que era enorme en directo- se encontraba en un momento irrepetible de su vida, hacía acopio de todo lo aprendido pero no para rentabilizarlo desde el sofá de casa con el mando a distancia -que es lo que se suele hacer en el friso de los cuarenta- sino para tomar impulso y acometer un salto totalmente nuevo e incierto.
Daba gloria ver a Josele lleno de vigor, consciente de sus limitaciones pero sacando el máximo partido de la vida, de sus amigos -qué bien supo además rodearse, también en su segundo disco: Pablo Novoa, Nacho Mastretta y más músicos excelentes-, fumando y dejando de fumar, fichando otra vez en nuestra Malasaña imaginaria y siempre mutada, con sus mismos principios, con más ironía y autoparodia, compaginando lo individual y lo compartido: a ese Josele yo nunca lo cambiaría por dos de veinte, sería como rechazar a Corto Maltés para irte con Zipi y Zape, y yo a estas alturas sé valorar lo que vale un hombre de verdad, a los pocos que hemos ido encontrando desde que Alaska comenzara a buscarlos en los ochenta, un hombre que tiene prestancia y templanza, cuya virilidad consiste en saber estar y proceder en cada momento y situación, que es educado y caballeroso y que nunca te va a dar la espalda sin un motivo suficiente, el tipo de persona a la que nos arrimaríamos si prendiera un incendio o hubiera que desalojar precipitadamente una montaña rusa en el parque de atracciones, o el pretendiente al que concederíamos gustosos la mano de nuestra hija si estuviéramos en la edad media y siguieran en boga esas costumbres.

El disco y la gira fueron, pues, emocionantes, y permanecerán en mi memoria musical y mitómana para siempre -en mitad de todo ese proceso me topé con Josele un día al lado de mi curro, en la plaza de Benavente, y le abordé aturullado, yo iba con un bocadillo a medio comer, tuvo que pensar que era un freak absoluto y mañanero, le dije que le había ido a ver varias veces, que me encantaba,.. estuvo muy correcto, por supuesto, en su línea- , pero por esas cosas que suceden no ha sido hasta ahora que me he hecho con el Garabatos, que salió el año pasado, ni he ido a verlo en esta gira -estoy deseando pillar algún concierto, espero que repita pronto en Madrid-. Lo he escuchado cuatro o cinco veces entero, sin pausa, y la sensación que me está transmitiendo es muy buena, Josele se afianza como juglar hispano con un repertorio absolutamente lírico, menos roquero que el anterior pero muy sugerente: los textos son extraordinarios, me sigo viendo reflejado en su particular mirador -quizá es porque somos, año arriba o abajo, de la misma generación y espíritu, y en ese sentido me llegan particularmente canciones como la hermosa Luna nueva-, y en las sorpresas que nos depara como la versión del Buonanotte Fiorellino de Francesco di Gregori que también hiciera Miguel Bosé en 1980. En fin, que de su estampa siguen saliendo por lo menos dos o tres nubes que me encantan, y que me dejo llevar donde haya que llegar, faltaría más. Enhorabuena, Josele.

((Ayer en noche de gala visionamos el último capítulo de Six feet under mi hermana, mi madre, JA y yo. Todo fue muy ceremonioso, incluso apagamos las luces del salón, dejando encendida la del pasillo para evitar que la lámpara se reflejara en la pantalla. A mí me encantó el desenlace. Ya volveremos a ello: un beso muy fuerte, y en la videoteca, cómo no, Josele Santiago y su himno a nuestros amigos politoxicómanos: Tragón)).