BROTHERS IN ARMS
Tengo ganas de ver
Los idus de Marzo porque imagino que Clooney interpreta a un gobernador pringado en asuntos más que turbios... y eso supone el reverso de la medalla de su papel en
Los descendientes, donde me recordó absolutamente a James Stewart, que a mi parecer es el actor clásico de Hollywood a quien más se asemeja... George más que el Cary Grant que se ha dicho me parece que es el Stewart de las películas de Capra, por ejemplo el de
Mr. Smith goes to Washington -estrenada en España como
Caballero sin espada-. El hombre campechano que no renuncia a los ideales sanos y
tranquilos de la nueva patria americana, y cuya virilidad e irresistible atracción para las damas no se asienta en la electricidad de los besos de tornillo de Clark Gable o la exudación animal de Marlon Brando, sino en la templanza, el saber estar y ceder en un momento dado. Eso sí, con un toque nihilista impensable en el bueno buenazo y puritano Stewart.
LA CASA DE LA PRADERA
Y es que el cine estadounidense vuelve ahora a los valores de la patria temprana, tan revolcados por el fango durante las últimas décadas.
Los descendientes,
El árbol de la vida... se impone el retorno a lo natural, a la tierra como vínculo primario, al entendimiento entre padres e hijos a través de la comprensión y el diálogo, denunciando tanto el desarraigo como las imposiciones luteranas que tan bien reflejó el cine nórdico con Dreyer o Bergman. Después de la aventura del imperio, y cuando el declive -que ya anunció anticipadamente el canadiense Denys Arcand en aquella película
alphavillera- es evidente, hay que volver a las raíces para que todo pueda seguir teniendo sentido.
VOLVER A EMPEZAR
Y el mensaje tiene que ser de esperanza: habrá luz a la salida del túnel, como la hay para el protagonista de la francesa
The artist que el cine USA ha encumbrado. Divo del cine mudo condenado al ostracismo, a la muerte laboral, consigue, de nuevo, levantar cabeza, y reinventar su talento al son de los nuevos tambores -eso debe ser el reciclaje postindustrial-: es el cine en su función primera, la fábrica de ilusiones... Un hombre de mediana edad, como tantos otros que estos días en el mundo
avanzado ven peligrar o desaparecer para siempre sus puestos de trabajo... ojalá y que todos ellos tuvieran su perrito, su mayordomo y su amada que los salve de las llamas. Claro que quizá lo tengan, y lo que falte sea el empresario que esté dispuesto a apostar de nuevo por ellos.

ESPLENDOR GEOMÉTRICO.- Pero si hay una película que me entusiasma de esta nueva hornada que nos ha venido es
El árbol de la vida. El interludio estelar y dinosauril me parece de lo mejor que ha dado el cine reciente. ¡Ah, sí! Desde luego. La historia que se narra está muy bien trenzada y es conmovedora en su austeridad, pero lo valioso y arriesgado reside en esos veintitantos minutos que han espantado al público de medio mundo. Sabíamos ya de las veleidades filosóficas de Terrence Malick, pero esta vez lo hemos flipado -y lo digo en el buen sentido-. ¿Cómo explicar el dolor insondable dentro de una historia convencional? ¿A qué acude quien no tiene donde acudir? A lo primigenio y genuino para todos, al misterio que nos une -porque la salvación tiene que ser colectiva-, a ese vértigo cuya sola imaginación constituye un desafío, a lo que fuimos y seremos todos unidos, al cosmos. Y por ahí entroncamos, claro, con la Puerta de las Estrellas y los monolitos kubrickianos de la nunca superada
2001. A veces, para concretar, el cine deviene abstracto.
LAS CHICAS SON GUERRERAS.- Y si parece que ha llegado el momento de que vuelvan los héroes con principios éticos anclados en la filosofía humanista, supermanes de valores para tiempos de crisis, qué podemos decir de las heroínas que se embutieron tiempo ha en el disfraz de mujeres duras. Analicemos los últimos papeles de dos
clásicas de los 80, Sigourney Weaver y Jodie Foster. La primera ya no se dedica a cazar alienígenas alienantes -la amenaza difusa del
otro para justificar la represión dentro-, sino a desenmascarar criminales y sinvergüenzas que se aprovechan del dolor ajeno para lucrarse -
Red lights, del gallego Rodrigo Cortés, aunque en realidad sea cine en la órbita USA-: la mejor escena de la película se produce en el debate televisivo en que ella es acorralada. Sigourney es aquí una luchadora titánica, pero de los valores y las ideas.
Y la segunda interpreta el que es sin duda el personaje de
Un dios salvaje en el que más se ceba Roman Polanski -y Yasmina Reza, autora de la pieza original de teatro- para poner de manifiesto lo nocivo de la corrección política que sólo esconde un egoísmo y una estupidez rampantes. Acabar con las falsificaciones para volver a lo que nos une y no a lo que nos separa.
CINE KEYNES.- Quizá el cine Obama añore el espíritu de las películas ejemplarizantes de Frank Capra. Sólo falta que en la política se añoren también las soluciones de Keynes, quien apostó por la recuperación de lo público para salvar a todos del naufragio de la crisis del 29, y acertó. Pero de momento parece que no se vislumbra esa fórmula.
(Pensamientos enlazados sobre las películas
The descendants / Los descendientes, de Alexander Payne;
Mr. Smith goes to Washington / Caballero sin espada, de Frank Capra;
The tree of life / El árbol de la vida, de Terrence Malick;
2001, a space oddisey /2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick;
The artist / El artista, de Michel Hazanavicious; Red lights / Luces rojas, de Rodrigo Cortés y
Carnage / Un dios salvaje, de Roman Polanski.)
((Mañana contesto a los comentarios de las últimas entradas; tengo muy poco tiempo estos días, pero los leo con mucho amor..)).