
Cuando en el 96 le conocimos en el impresionante debut de
Amenábar -
Tesis-, nos dimos cuenta de que las generaciones de españoles empezaban a cambiar por dentro y por fuera, o al menos eso quisimos creer.
Ese chico cántabro tan apañado y tan civilizadote no se ajustaba a ninguno de los moldes de actores que hasta el momento representaban la quintaesencia hispana: no era desde luego
Fernán Gómez ni
López Vázquez ni
Landa ni
Sacristán ni
Resines ni
Imanol ni
Puigcorbé -todos ellos en su momento personificaron al
español medio en físico y en actitud ante la vida- pero tampoco se parecía a los galanes más jóvenes de los últimos años, a
Antonio Banderas o a
Jorge Sanz.

Es como si
Eduardo Noriega encarnara el sueño aquél del personaje que
Fernando Fernán Gómez interpretaba en
La lengua de las mariposas -la bella película de
José Luis Cuerda basada en un relato de
Manuel Rivas-, cuando decía que bastaría una generación de españoles viviendo en libertad para que cesaran nuestros sempiternos problemas, el atraso, la incultura, el odio.

Su físico impecable no nos remitía ya a nada conocido, a esas generaciones de chicos -también la mía- que nos hacíamos las fotos en el patio del colegio con el cura que nos daba clase y con el babero y un mapa de fondo, todos como salidos de algo muy antiguo, de una postal desteñida: quien no tenía orejas de soplillo se caracterizaba por una cabeza más grande de lo común o por algún otro detalle que revelaba desproporción, desnutrición; aunque es cierto que si nos fijamos bien en esas fotos grupales se observan también miradas de expresión muy aguda, ojos resabiados y perfiles de ave de presa, picardía a raudales heredada en línea directa de los lazarillos de Tormes y que ahora no se estila porque no se precisa de la misma manera para la subsistencia. También había tristeza o aturdimiento.

Eduardo era, sin embargo, exponente claro de una generación limpia y bien alimentada, moderna en su actitud, profundamente democrática y respetuosa, que no tenía necesidad de hacer bandera de sus posiciones políticas, porque eso es algo que no deja de ser privado, no definitorio ni sustancial, si gozamos de un modelo marco que garantiza la pluralidad y la convivencia.
Su palabra clave sería
naturalidad -
Antonio Resines encarnaba, por ejemplo, el estupor ante la modernidad: aunque su intención era buena, arrastraba los ademanes de décadas anteriores, y lo jocoso en sus películas era ese choque del español de siempre con las nuevas costumbres urbanas, que representaban de manera alocada
Verónica Forqué o
Marta Fernández-Muro ; era
La ciudad no es para mí de
Paco Martínez Soria pero puesta al día-.

Una década después, ¿podemos aseverar que el perfil del guapo Eduardo Noriega es el de los treintañeros españoles de hoy, que se ha roto al fin el maleficio del que hablaba el maestro republicano de
La lengua de las mariposas?

Uf. No soy pesimista, y prefiero pensar que así ha sido, aunque persistan algunas dudas. Por una parte, el avance en cuanto a aspecto físico es incuestionable, o yo al menos así lo veo. Por otro, en lo que se refiere a actitud ante la vida y respeto a los demás, en muchos campos ha habido un progreso vertiginoso -emancipación de la mujer, aceptación de la homosexualidad,..- aunque persistan signos negativos de intolerancia en otros ámbitos y las adscripciones políticas sigan generando odios enconados.
LA IRA DE CAÍN

O tal vez sea que el español de ahora es mejor en apariencia pero mantiene, latente, una parte oscura que no aflora en la superficie, pero que asusta.
Como Eduardo Noriega y los papeles que representa.

De dónde si no esa habilidad innata para bordar actuaciones donde se mueve con soltura en los avernos, donde navega con ambigüedad entre el bien y el mal -
Abre los ojos,
Plata quemada,
Canciones de amor en Lolita´s club-, o se convierte, directamente, en el
Mal Personificado-
Tesis,
El espinazo del diablo-, y lo hace tan bien que nos aterra:
Eduardo tiene los ojos más crueles del cine español, y la soberbia de su mirada es implacable, sin límites. Es la soberbia de quien cree que tiene derecho a todo y no está dispuesto a renunciar a nada, aunque eso signifique pasar por encima de los demás, y machacarlos.
Como actor será consciente de este filón que supone esa faceta suya, y de hecho ya jugó con la idea disfrazándose, en la promoción de
El espinazo... del mismísimo Lucifer en las páginas de un suplemento.

De los dos papeles que con acierto interpreta en la última película de
Vicente Aranda, prefiero quedarme con el tercero: es decir, con el hermano policía al final de la película, porque se trata de una persona sabia y experimentada que a partir de ese momento será indulgente y disfrutará de lo que le ha tocado en suerte. Ojalá y que ése sea el perfil de conexión entre nuestro estupendo Eduardo Noriega y sus compatriotas de generación.
Porque eso significaría que el ángel caído se puede volver a levantar.
TOP KORADOR
Ahí van los datos del último mes sobre las localidades del planeta más asiduas a esta página. A la izquierda, situación el mes anterior; a la derecha, meses en lista. En la foto, Paderborn, ciudad alemana de Renania del Norte-Westfalia. Gracias a todo el mundo.

1
1.- Madrid (España)(6)
3
2.- Lisboa (Portugal)(2)
-
3.- Albacete (España)(2)
-
4.- Camargo -Cantabria-(España)(1)
-
5.- Paderborn (Alemania)(1)
-
6.- Ciudad Real (España)(2)
((
VIDEOTECA: Renovamos con
OXIA, que es Olivier Raymond, tecno francés de lujo, con reminiscencias de lo que se llamó sonido Detroit, absorbente, decisivo, no querrás que acabe nunca. El tema,
Dominó. Besos.))