martes, 4 de septiembre de 2007

DEATH PROOF: REINETTE Y MIRABELLE SE VAN A AMÉRICA



Miqui Puig asegura ser fan antes que artista, y lo mismo podría decirse de Quentin Tarantino. Y para todo fan que se precie y haya tenido la suerte de vivirlo, aunque sea en su infancia, es un filón aquella década inconformista en que las sesiones de cine doble mezclaban con desparpajo el cine de autor con el cutrelux de género y el underground; los años en que aparecieron las discotecas, la fiebre de la noche y el sonido Munich, en que los primeros puestos de las listas los ocupaban grupos de rock psicodélico y melódicos con pantalones acampanados, media melena y camisa abierta; cuando todas las actrices y cantantes se vieron obligadas a desnudarse, lo exigiera el guión o no, nuestra Marisol se separaba de Carlos Goyanes confirmándonos que un cambio era al fin posible y supimos -como Alaska, leyendo el Diez Minutos- que se expandía desde Inglaterra un movimiento llamado punk , cuyos prosélitos escupían y llevaban el pelo en cresta: ¡¡los setenta, la década en que se quiso alcanzar todo!!

Death Proof no defrauda a quienes buscamos en Tarantino sobre todo esa faceta suya, que siempre, o por lo menos desde Pulp Fiction ha dejado ver -de manera más sentimental en Jackie Brown, una película a reivindicar-: ya sabéis que no sólo es un homenaje a los slayers o películas atroces y ultra-violentas, sino a las sesiones de cine doble de género: grindhouse, y que ha intentado reproducir, como Robert Rodríguez en Planet Terror, incluso en las características del visionado, con cortes bruscos o rayas en la pantalla.
La película es pues muy del gusto de fans y de fetichistas de toda índole, especialmente de aquellos a quienes les ponga el pie femenino y la disciplina inglesa, y requiere toda nuestra atención para que, al tiempo que no perdemos comba de los diálogos, captemos ciertos detalles de importancia, como la decoración en uno de los bares donde transcurre la acción, repleto de carteles en español de películas de los setenta, una de ellas de Rafael Romero Marchent, con un reparto compuesto por Charo López, Víctor Valverde y ¡Didi Sherman! -una actriz y cantante guapísima, que llegó de ¿Suecia?, se enrolló con Valerio Lazarov y apareció en sus programas zoom : yo fui uno de los compradores de su single Ahora te puedes marchar, versión de un clásico pop anglo, I only wanna be with you-.
Pero aparte de la imprevisibilidad del guión -algo que bien llevado es siempre una gozada- y de la fuerza obscena de las imágenes -inenarrable la escena del juego del mástil en el capó del coche-, están las chicas Tarantino, un prototipo rompedor, y la amenidad de sus diálogos que, en esta ocasión, rozan una suerte de perfección endemoniada que genera una lógica que nutre de sentido a su cine, consiguiendo que su estética no se quede ni en mera nostalgia ni en apoteosis gore.
Aunque como los extremos se tocan, a mí estos diálogos me han recordado a los de Eric Rohmer -ya octogenario, supuestamente en las antípodas del tarantinismo, y que estos días estrena también película en España-, especialmente a los de su film Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle, excentricidad suma que el maestro francés se permitió, una de cuyas principales y larguísimas escenas consistía en una discusión de las chicas -una de ciudad, otra de pueblo- con un camarero a causa de que en el bar no disponían de cambio, y en otra de ellas no recuerdo si Reinette o Mirabelle entablaba una discusión moral con una mendiga de estación al descubrir su pequeño fraude, ya que el dinero que imploraba no era para coger el tren como decía.
Y quizá esa sea la señal última de la modernidad de Tarantino, la prueba de su distinción y de que la mezcla indiscriminada de géneros que preconiza aúna lo comercial con lo intelectual al hacer compatible el slasher y el cine de efectos, la estética de videoclip y el cine freak a lo Kevin Smith con la nouvelle vague francesa y europea: algo parecido a lo que han hecho otros creadores, cada uno a su estilo, como Almodóvar o Cronenberg, reflejando que de la sobreinformación a que estamos expuestos y de la fragmentación de las realidades universales ya no puede esperarse un arte compacto que exponga verdades incuestionables ni refleje credos o tendencias cerradas, sino sólo un puzzle inverosímil y laberíntico -Lynch- que por su misma incertidumbre no hace sino aumentar nuestra fascinación.