 |
| Raymond Radiguet, de Amedeo Modigliani (1915) |
La Historia de la Vida Privada es una doctrina sobre la que puedes encontrar volúmenes en las librerías. El derecho a la intimidad está recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos, a resguardo de las intemperancias de todo signo que lo han amenazado a través de los tiempos.
Pero, ¿hasta qué punto queremos sellar nuestros secretos? ¿Un placer lo es más si es compartido? ¿Conocer las debilidades ajenas actúa como bálsamo de nuestros anhelos más punzantes?
En la era de internet nos ha sorprendido la necesidad de tendernos al viento, de exponernos obscenamente en la plaza pública, ante -y eso es lo peor- la indiferencia de casi todo el mundo, porque nadie se escandaliza ya de nada y no son muchos los dispuestos a escuchar. Los blogueros somos exhibicionistas, y aunque a veces el rostro o el nombre real se oculte no ha sido ese el caso de
Tiburones en Korador, que también viene ofreciendo su porción -recatada- de
reality show.
Al modo del
Me sucedió a mí, la popular sección de la revista
Super Pop, ha habido acontecimientos personales transmitidos en
falso directo, desde viajes de verano hasta peripecias sexuales y/o amorosas. En concreto, en
ese loco y estimulante periodo de interregno que se extiende entre el
final de una relación de pareja y el comienzo de otra, algunas de las
cosas que pasaron no pude evitar compartirlas con vosotros. Como la
noche de lluvia con Bello del Señor, que me hizo vibrar y que hoy he
querido rescatar para este feliz aniversario. ¡Gracias por leerme y estar conmigo en aquel momento! Y ahora.
Bello del Señor
Domingo, 1 de Junio de 2008
LA DESBANDADA.-
Me divierte el fin de semana cuando
los clubs de la primera hornada cierran y la gente comienza a salir a la
fuerza, aguada la fiesta, ya que por un instante es como si alguien
levantara con el pie una piedra tras la que se agazapa un hormiguero, y
las hormigas se aprestan a marchar a cualquier lugar o dudan indecisas y
desde luego molestas porque se ha perturbado su marcha, algunas pierden
el rumbo, luego retroceden, todo se altera en ese momento, como cuando
en el pub pinchan la última canción y se sale con el rostro descompuesto
a recibir la bofetada de la noche.


EL AGUACERO.-
El viernes cuando nos echaron del Penta
asistimos sorprendidos al mayor aguacero que sobre Madrid ha caído en
meses o años -llevamos días seguidos de lluvia, pero no tan tenaz y
recia-; nadie sabía qué hacer, cundió el desconcierto porque los
paraguas no cubrían suficiente, se sucedían los chapoteos y los ecos
ahogados por las calles de Malasaña, y nosotros, que íbamos en grupo
grande, comenzamos a perder amigas y amigos por los recodos, imposible
caminar todos juntos, los móviles al rescate hasta llegar a la frontera
con Chueca, sin idea aún de adónde ir, porque el grupo era de
adscripción gayfriendly pero entendida en un sentido amplio, no
nos podíamos meter en cualquier lugar, de ninguna manera, había que
atender a todas las sensibilidades, y así llegamos a Barbieri, con el Studio 54 ya cerrando y la Polana imposible por la gran cola, mientras seguían cayendo los chuzos de punta.
LA INTUICIÓN.-
Alguien dijo de ir a la Sol y
al final fue lo que hizo la mayoría; pero yo miré a mi amigo del alma,
que siempre entiende lo que pienso, y a quien podía ser nueva
adquisición de la noche, y entre los tres decidimos sin hablar que
nosotros íbamos a ir a otro sitio. Nos despedimos discretamente y
doblamos la esquina camino del Ricks, un clásico de la noche
gay madrileña que se llena hasta la bandera cuando los demás van
cerrando -aunque ya no sea como en su época abanderado de moda alguna,
ahora es de despendole más bien treintañero y, claro, de saldo y trueque
de última hora-.
EL TIRABUZÓN.-
¿Cómo le entráis a alguien que
conocéis pero sólo superficialmente cuando no estáis seguros de si va a
responder? Aunque se hayan recogido señales a lo largo de la cena, y más
tarde en la primera y segunda copa, pero nunca sabes si es producto de
tu imaginación calenturienta o tu elevada autoestima, por eso el momento
trampolín mirando abajo lo fría que está el agua no te lo quita nadie.
Así,
en esa turbación deliciosa, no recuerdo si primero fue que me arriesgué
a tocarle el culo y después le di un beso en el cuello, o si fue justo
el proceso a la inversa.
((Dormir en placidez y confianza, acoplado contigo como piezas de un solo puzzle -eso debe ser
el amor después del amor-,
y llegar, un poco antes, caminando hasta la glorieta de Bilbao a pillar
un taxi, imposible en la Gran Vía, me habías cogido ya de la mano y te
saltaban chispas al mirarme o me parecía a mí o eran las mías que
rebotaban en tus ojos, entonces dejé de sentir la lluvia, que no
obstante me seguía empapando, y en la entrada nos recibió un perro
alborotado cuando tú me dijiste que tenías gato, y lo cierto es que a la
mañana siguiente ya no había perro pero sí gato zalamero de ojos azules
pidiendo de comer.
Un compañero de clase de idiomas, el chico alto
del cabello negro que se acercaba para marchar enseguida, celoso de su
vida propia, afable pero ajeno: estar contigo así nunca lo hubiera
imaginado, tampoco eras mi favorito de la clase, al menos hasta el
viernes, cuando antes de vestirte para marchar al trabajo te besé
despacio los párpados cerrados y sonreíste suavemente, no tan dormido y a
sabiendas, quizá, de que era mi manera de depositar en ti lo que me ha
ido quedando y aún reservo para momentos sagrados como éste, para esa
franja del espacio y del tiempo que es la que da sentido a todas las
demás)).
12
comentarios: