
He vuelto tras una larga ausencia a la lectura de
En busca del tiempo perdido. Por donde me había quedado, parte final del tomo 3 de la delicada edición de Lumen -con traducción de Carlos Manzano-,
La parte de Guermantes. No tengo ninguna prisa en concluir esta obra, acostumbro a leer seis hojas en la cama, por la noche. Es como una infusión cuyo efecto se va filtrando lentamente, y no es hasta cierto tiempo que se va percibiendo. Aun pareciéndome incomparable, se está cumpliendo un presagio que tuve tras la lectura de su esbozo
Jean Santeuil, en traducción de Pedro Salinas: entonces tuve la impresión de que por muy magna que fuera
À la recherche... no me iba a impresionar tanto como esta obra primeriza, en la que ya late todo Proust en forma y contenido: es de una pureza descomunal esa novelita que ya se acomodó en mi memoria -y mi corazón-.
Los recuerdos de Marcel de su etapa familiar de Combray están marcados por los largos paseos que acometían. Según el lado que escogieran del camino, estaba la parte de Swann -quien de alguna manera es su modelo a lo largo de toda la obra- y la parte de los Guermantes, la familia aristocrática más ensalzada de toda Francia, en la que brilla con especial esplendor la duquesa de Guermantes. Su no presencia marca la mayor parte de este tomo, porque su prestigio a los ojos de Marcel se basa precisamente en el desconocimiento, la idealización.

Tras un cierto y lógico desencanto inicial al conocerla en persona, Marcel -que desde pequeño desarrolla la misma habilidad de Swann para ser admitido y mimado en los círculos más selectivos- va cayendo sin embargo en sus redes. Ella es siempre la última palabra en lo social. Su comportamiento
marca tendencia, como diríamos ahora, independientemente de la posición que adopte, pues ya es de dominio común que a su elegancia incuestionada hay que sumar un acendrado y caprichosísimo esnobismo.
La duquesa de Guermantes aprovecha el privilegio del conocimiento. Si ella posee más información que los demás, no se va a dejar nunca sorprender. Todo es una cuestión de actitud. ¿Por qué va a ser un problema que su marido le sea infiel, si eso no tiene por qué afectar ni a su relación ni a su felicidad? Si una persona es considerada no apta para la vida social, ella se va a encargar de mostrar su ángulo original o fabricarlo si es preciso, y adoptarle bajo su paraguas protector. Lo que es común no procede, y por lo tanto desdeñará compañías supuestamente apetecibles y comportamientos asumidos, generando un gran estupor -y admiración- a su alrededor.

El horror al vulgo que los miembros de su clase social por definición sentían, podría decirse que en ella era horror a la vulgaridad, y como esta se halla también asentada en la aristocracia, era la principal y denodada ocupación de Mme de Guermantes hacerse distinguir de los miembros de su propio
milieu, adocenados, mediocres. Realmente debía tener una mente ágil para estar siempre presta a llevar la contraria, acostumbrada a dirigir esa especie de partida de
ping-pong imaginaria con la que levantó su reputación incuestionable, a fuerza de haber sido tan cuestionada.
(Al principio la descripción tan pormenorizada de esas batallas
de salón puede resultar algo cansina, hasta que te das cuenta de que a través de ese campo de batalla Proust no sólo está describiendo peripecias particulares, sino todo el universo social y humano).
((La duquesa de Guermantes, que en realidad no existió o por lo menos no con esa
denominación, fue encarnada por Fanny Ardant en la película de Volker Schlöndorff
Un amour de Swann -1983-. La actriz se sintió molesta cuando un periodista de
El Mundo confundió su papel con el de la
mundana -en otro sentido- Odette de Crécy, por quien Swann pierde la cabeza:
Il faut pas mélanger les torchons avec les serviettes, parece que dijo,
no hay que mezclar churras con merinas. Y es que a Odette la encarnaba la muy sensual pero supuestamente no distinguida Ornella Muti)).
(El cuadro de apertura es
Harmonie en chair et rouge (1869), de James Whistler).