martes, 11 de diciembre de 2007

AMADOS ITALIANOS DE LOS SETENTA

Llegaron a puñados en los años setenta, los cantantes italianos que grababan en español canciones desgarradas y de un erotismo ingenuo y machista, pretendidamente libertario. Era algo distinto a la canción italiana tradicional, la de Volare, San Remo o Canzonissima, y se acompasaba bien con el momento que vivía la sociedad española que, todavía muy reprimida, manifestaba una ansiedad exorbitada en lo concerniente al sexo, como si nunca lo hubiera conocido.
Mi pubertad coincidió con esa adolescencia entera de un país que se sorprendía porque en los quioscos hubiera revistas con desnudos de mujeres, y que parecía no vivir para otra cosa: todo era desconocido y extremadamente morboso.
((Leí una anécdota que ilustra muy bien el ambiente del momento: la actriz Verónica Forqué, que entonces hacía sus pinitos, acudió a un casting, como se dice ahora, en el que lo primero que le pidieron fue que se desnudara: ella lo hizo porque lo veía, entonces, natural, porque era lo que se demandaba, porque se consideraba que había siempre que hacerlo)).

Estos nuevos juglares tenían aquí su campo abonado, y sonaban machaconamente en los programas de discos dedicados que en la radio predominaban y que yo oía al volver del colegio o más tarde del instituto, con chicas que mandaban peticiones interminables desde los pueblos.
Fausto Leali, Gianni Bella, Sandro Giacobbe, Lucio Battisti, Richard Cocciante, Claudio Baglioni.
Y tantos otros a los que habría que rendir homenaje, por su participación decisiva en nuestra educación sentimental.

A mí me gustaban todos. De hecho, recito aún de memoria sus canciones.

Y uno de los que más éxito alcanzó en España fue Franco Simone.
En la actitud distaba algo de sus compatriotas, él era más dulce y zalamerete, su erotismo atenuado y romántico. Se hacía querer. Franco nos engatusó durante un tiempo, se coló entre nuestros apuntes de clase y nuestras incertidumbres quinceañeras, aunque tras demandarnos un espacio propio se marchara de nuestra vida sin contemplaciones, y sin despedirse siquiera.

Pero algunos sentimentales no llegamos a olvidarlo del todo, y por eso hoy lo rescato para ti, con todo su esplendor, en un programa grabado en Chile en el 81, es decir algo después de su éxito aquí.
¡Qué frase aquella la de "te tomo poco a poco hasta el punto donde muere tu deseo más profundo"! ¡No será que el chico no era sutil!

TÚ, SIEMPRE TÚ

Está lloviendo,
quieres dar un paseo
hasta casa..
Piensas tú que me cuesta
mucho esfuerzo ir del brazo contigo,
caminar junto a ti.
Esperaba
el momento de hablarte
y explicarte
que eres muy importante.
Ciertamente, te agradezco que existas y
te amo, te amo, te amo, te amo, te amo.

Te tomo poco a poco hasta el punto donde muere tu
deseo más profundo.
(Tú, tan sólo mía)
Las sombras, el silencio y las raíces de tu mundo dan
origen a mi mundo.
(Y que así sea)

Si ahora todo se me derrumbase ni cuenta me daría;
el juego más dulce ha vuelto a mi vida.




Y tus ojos me sonríen cansados,
luminosos, mientras busco tus labios...
Mis palabras más que hablar te suplican y
te amo, te amo, te amo, te amo, te amo.

Te amo cuando tú nublas mi mente, cuando ruego,
cuando sufres y te entregas
(Tú, tan sólo mía)
También amo esta lluvia que cae sobre los cristales
regalando sensaciones
(Y que así sea)


A quién he amado,
quién te ha tenido no lo recuerdo ya
Yo quién he sido,
qué es lo que he hecho antes de ti, sin tu amor.


ANDREA MARCATO, LA ENERGÍA SE TRANSFORMA
Y como regalo extra, otro italiano que ya nos ha visitado y que os gustó mucho, porque se trata de un fauno que ofrenda en los altares de Apolo y de Dafne a un tiempo, un pequeño dios de Treviso que requiere ser mirado con detenimiento, y en cuya mirada traviesa se refleja, desnuda, la vida.
Claro que él no es de los setenta, es de ahora mismo y se llama Andrea Marcato, jugador de rugby. Ecco qua. Bravissimo.

domingo, 9 de diciembre de 2007

ME PASÉ EL DÍA SINTIENDO LOS AEROPUERTOS



Estoy intentando encontrar las palabras
que te cuenten lo que me pasa
cada vez que lo escucho
cuando las encuentre
serán todas tuyas
casi como yo.....
casi como yo.....

impotencia, ansiedad, melancolía
enojo, desconcierto, deseo, intensidad
me pasé el día sintiendo los aeropuertos...


(Ansiedad, PIRATAS, del CD Relax) -
Qué gran disco y qué estupendo grupo, aunque a mí sólo me interesen sus dos últimos trabajos, Ultrasónica y Relax, pero con eso es más que suficiente.
En su momento me impliqué con los fans de Piratas, participaba casi a diario en el Foro Pitufo -donde hice algún amigo- y en el Foro Lila, y tuve el honor de asistir al último concierto del grupo de Vigo -que nadie sabía que iba a ser el último, y que no fue en La Riviera, como se dice, sino en la sala Galileo, donde tocaron Relax de principio a fin y en el mismo orden del disco, y luego los grandes éxitos, entre ellos la gran El equilibrio es imposible.
Además fui yo quien compró la ¡última! camiseta de Ultrasónica al cierre del concierto, histórica camiseta por tanto, que aún me sigo poniendo porque es muy molona, tiene un dibujo con unos labios parecidos a los típicos de los Rolling, pero con un porro. Me interesa también lo que siguen haciendo estos chicos por separado: Iván Ferreiro -y su hermano Amaro- y Fon Román, y... pero eso será otro día, que hoy he de hablaros de los aeropuertos, aunque os dejo el vídeo de la canción: tenéis que verlo si vais a continuar leyendo, porque crea la atmósfera que se requiere.



LOS AEROPUERTOS Y SUS ESCALAS

Me fascina el trasiego de los aeropuertos, aunque me encuentre rendido, y de hecho me hubiera encantado trabajar como piloto, azafato, controlador aéreo o lo que fuera. Y aunque sean más cómodos los vuelos directos, no me disgusta en absoluto hacer escala porque así se duplica la ración aeroporteril y pueden surgir historias interesantes y porque no pierdo la ocasión de visitar la ciudad del transbordo -si da tiempo, y aunque salga por un ojo de la cara, qué le vamos a hacer-.
Así, hace unos meses viví unas horas breves pero intensas en Roma y en Milano, de camino a Malta. Y esta vez, en el viaje a Luxemburgo que ya os he referido, me tocó hacer escala en Amsterdam -donde no me dio tiempo a bajar- y en París.


PARÍS DESPREVENIDA
Ay París.. hacía mucho que no ponía el pie allí, aunque como se suele decir esa ciudad es un concepto mental y de alguna manera u otra se lleva en la cabeza.
Pero esta manera de arribar de buenas a primeras, a salto de mata, yendo casi al primer sitio que surja, es muy instructiva porque la imagen que descubres de la ciudad en absoluto es la turística con que te encuentras al planificar tu estancia, es como si la sorprendieras sola en su habitación, sin pensar que nadie la está mirando, desprevenida, sin prepararse ni maquillarse, tal como es un día cualquiera en una hora incierta... Aquí no cabe el efecto toureiffel del que hablaba hace tiempo Sánchez Ferlosio -el que se produce cuando una ciudad te devuelve la proyección que tú ya esperabas porque la has visto mil veces en televisión o por internet-.

LES GRANDS EMBOUTEILLAGES
Y me asustó un poco lo que vi y sentí, porque si bien el intervalo de tiempo de que disponía era bastante holgado la mayor parte se me fue en embotellamientos de tráfico de unas dimensiones para mí infernales -y eso que vivo en Madrid- y la radio del taxista que me tocó en suerte escupía retazos de un programa-tertulia-basura-chistoso de los que tanto se estilan en España -por cierto, hicieron referencia al caso del reality español que cuenta en su haber con una mujer asesinada tras recibir por sorpresa a su agresor, que tenía orden judicial de alejamiento, pidiendo clemencia: ¿no se puede encausar a realizador, guionista, presentadora y cadena que emite esta mierda?-.

Logré ver un ángulo de la Torre Eiffel que asomaba por una esquina, y los Campos Elíseos, y hasta tomé una cerveza en un club gay vespertino que os recomiendo: Le Bank, y dando un pequeño paseo de vuelta cogí con tranquilidad un taxi sin imaginar que el retorno iba a ser mucho peor y que me iba a ver obligado a implorar al taxista que acelerara -pero no podía porque era un atasco descomunal-, que perdía el vuelo, y al llegar por fin al ala de la terminal del gigantesco aeropuerto Charles de Gaulle, inicié una carrera desenfrenada preguntando a todo quisque ya no recuerdo si en mi francés avanzado o en qué idioma, que me dijeran directamente por dónde se iba a Madrid, que la hora de embarque se había pasado hacía tiempo, que perdía el avión con mi maleta dentro, que tuvieran compasión de mí.

L´HOMME DANS L´AVION: UNE PETITE HISTOIRE

Llegué, y recobré la calma tras respirar pausado durante un buen rato -no hubiera sido el primer avión que pierdo, pero me juré que no me volvería a pasar-. Al cabo de un tiempo me percaté de que a mi lado -pero con un asiento vacío de por medio- había un tipo tan extraordinariamente atractivo que no me atrevía a mirarle sino de refilón, por que no se diera cuenta de lo que pensaba, y porque no estaba seguro de si se trataba de algún proceso alucinatorio: a veces me pasan estas cosas, de hecho
todavía no sé si el médico que me atendió este verano en Berlín era o no real.

Pero no fui yo el único que se percató del panorama: una de las azafatas, la más mona -muy guapa, en realidad- no le quitaba ojo, y poniendo la oreja cuando sirvieron el refrigerio me percaté de que español no era o por lo menos no quería aparentar serlo -la pinta la tenía, se parecía a Rodrigo GH9, pero más hombretón, de una planta- ya que no respondió ni en castellano ni en francés, lo hizo en inglés. Por lo que fuera, este caballero moreno, de porte impecable con su vestimenta casual y extremadamente educado se dirigió varias veces a mí -se debió dar cuenta de mi expectación, y era una manera de decirme que no pasaba nada, que era una situación natural-, una de ellas para ofrecerme chicles que por supuesto acepté, en otra me ayudó a retirar la bandeja...

Como hubiera sido un cante pasarme el tiempo mirándole -pero habríais sentido lo mismo, era imposible escapar a ese magnetismo, como el canto de las sirenas volviendo loco a Ulises- me decidí por poner la vista en sus pies, así estaba como mirando hacia abajo y no se notaba mucho, y además me hipnotizaban sus zapas -y eso que a mí no me suelen gustar las deportivas- y supuse que tenía unos pies adorables, no podía ser de otra manera. De vez en cuando cerraba los ojos, y luego vuelta a lo mismo, hasta que inevitablemente Air France nos anunció que ya quedaba poco para aterrizar.

Entonces pasó a su lado la azafata y él le susurró algo que no alcancé a oír. Al poco tiempo ella volvió, se agachó junto a su asiento y parloteó con él unos instantes, de manera muy íntima, y aunque apenas distinguí lo que decían escuché lo suficiente para darme cuenta de que estaban quedando para después, dato que corroboré cuando un señor mayor -anglo- que había al otro lado del pasillo se dirigió a nuestro chico con el pulgar en alza, como diciendo, "tú sí que sabes: te la has ligado bien, a la más guapa, en un periquete y sin necesidad casi de hablar". Nuestro seductor acompañante devolvió el saludo con el pulgar y notoriamente satisfecho.
Poco después me recogía con delicadeza el abrigo, que estaba en el estante de arriba, y se despedía de mí con una mirada muy significativa: "Te agradezco el interés, pero.. no tenías nada que hacer", parecía querer decir. Era una cuestión de selección natural, me imagino. También el Príncipe Valiente, sin desdeñar por ello a su escudero, se hubiera ido con Aleta. Con su imagen todavía nítida, me sumergí decidido en el barullo de Barajas, contento también de regresar a mi ciudad.

((No, no le hice fotos, ni estoy seguro de que hubiera salido en ellas. Las ilustraciones, bellísimas, las saqué del sitio de internet À quelques blouzes de chez moi, no he logrado ver el nombre de la autora, a quien agradezco su gentileza. El resto de imágenes sí son mías, as usual)).

sábado, 8 de diciembre de 2007

LO QUE YA INTUÍAS SOBRE LUXEMBURGO



A finales del mes pasado recalé por primera vez en Luxemburgo, más concretamente en Kirchberg, un barrio en el extrarradio de la capital destinado casi en exclusiva a la gestación y trámite de asuntos de estado europeos.
Fue muy muy fuerte.
Y que no se me enfade nadie de allí si me lee, pero la verdad es que.. Kirchberg es siniestro, y mirad que quien dice esto es un europeísta convencido, pero de esas moles grises amontonadas con sus cientos de metros cuadrados para oficinas me temo que no pueda salir nada bueno.
Aunque yo poco a poco le fui cogiendo el punto, ya me conocéis, porque lo que suelo hacer en caso de hostilidad ambiental es trasladarme con la imaginación a los tebeos y comics que he devorado desde que era chico, y aquí tenía un amplio catálogo al que acudir, desde los Dossier Negro de mi infancia al Moebius de Metal Hurlant -los paisajes urbanos- hasta llegar al Peter Bagge que conocí en las páginas de Víbora, porque algunos de los personajes que pueblan este mundo son susceptibles de ser caricaturizados a la manera baggiana.


Y además hay dos torres en construcción que me fascinaron.






CUESTIONARIO de un lector imaginario de Korador, sobre la ciudad de Luxemburgo:
Luxemburgo me suena más a trabajo que a vacances. ¿Es a eso a lo que acude la mayor parte de la gente, a currar?
Así es.
¿Es de esos lugares donde apenas luce el sol?
Cierto. Y esto no es bueno ni malo, ojo, no lo juzgo, de hecho a mí me ponen los cielos cubiertos y encapotados. Pero le changement climatique no es muy patente allí, sigue haciendo un frío de mil demonios, vamos, como toda la vida.
¿Qué tal está el comercio?
No he tenido oportunidad de comprobarlo, sobre las seis no quedaba nada abierto. Quizá tenga que ver el hecho de que -dicen- hay bastantes pelas y por lo tanto el comercio no anda muy necesitado.



¿La vida nocturna es más limitada que la nuestra, no es así?
Y la diurna. Fui varias veces a uno de los sitios que pasan por ser concurridos, la Place d´Arms, y estaba desoladoramente vacía ya por la tarde.
En cuanto a la nightlife, directamente te diría que ni lo intentes, porque me pareció que lo que hay es lo que cada una decida montarse en su casa. En la parte de abajo de la ciudad -se desciende por un ascensor- hay algunos pubs, tres o cuatro.

¿El nivel de vida es más alto que el nuestro?
Es el país más caro que he conocido. Dicen que la gente allí está sobrada de dinero, y yo me preguntaba, ¿de qué les sirve, si no se ve vida por ningún sitio? Sí, ya sé que es un tópico, pero es así.
Pero la ciudad es muy bonita, me imagino, debe ser como de cuento de Andersen o de ese estilo, ¿no es así?
Sí, lo es. Bonita, limpia, fría, ordenadita. Es muy mona. Tiene además varias abadías y edificios interesantes, y la zona de la estación y la estación misma es preciosa.

Se habla francés, ¿verdad?
Y alemán. Claro, acuérdate de que en 1978 nuestras Baccara representaron a Luxemburgo en Eurovisión con la canción Parlez-vous français?, que entonaban en francés e inglés, que aquí también todo el mundo habla. Pero eso es lo último que debió pasar en el país en materia kitsch.
Y los chicos, ¿cómo son?
Muy guapos. Pero qué voy a decir yo, si a estas alturas ya os habréis dado cuenta de que me gustan los varones de todas las latitudes.

((Las dos viñetas son autoría de Pierre Wazem y Chris Ware, y gentileza de la página Arquivo da Torre)).

viernes, 7 de diciembre de 2007

NEIL YOUNG, UN FUERA DE SERIE


Tiene algo parecido a Woody Allen, y es el hecho de que cada año, con una pasmosa regularidad, nos obsequia con una película -un disco en su caso- que sabemos de antemano va a merecer la pena.

Con sesenta y dos años y más de cuarenta en la música, este rockero canadiense superó con creces el bache musical en que se vio sumido entre mediados de los ochenta y los noventa, y ha editado en los últimos años joyas discográficas como Prairie wind, Greendale, Are you passionate? o Silver and Gold, aparte de componer la banda sonora de la película Dead Man de Jim Jarmusch y ser el protagonista absoluto de los documentales cinematográficos Heart of Gold de Jonathan Demme y el maravilloso Year of the Horse, del mismo Jarmusch -que incluye Slip away, mi canción favorita de Young-, que supuso su relanzamiento oficial en el 97 y en el que se intercalan retazos de entrevistas, imágenes antiguas y actuales de una gira con su grupo fetiche, Crazy Horse.

En realidad de Neil Young soy un fan sobrevenido, no soy yo quien ha ido atesorando sus vinilos y sus CDS, sus vídeos, DVDs y entradas de sus películas, sino la persona que conmigo ha compartido su vida a lo largo de estos años. Pero esta situación equívoca es la que a veces nos sorprende, con el tiempo es probable que asumamos los ídolos de nuestras parejas hasta con mayor fervor que ellas mismas, y a mí ahora Neil Young me emociona tanto que no suelo escuchar un disco entero, no porque me canse, sino porque he de dosificar tanta intensidad, tanto sentimiento directo y tan profundo.
En mi opinión Harvest (1972) se mantiene como uno de los mejores discos de la historia de la música rock -o country, o folk norteamericano-, aunque no sea éste el único gran tesoro de esa primera etapa -Everybody knows this is nowhere, por ejemplo, tampoco tiene desperdicio-.

Pero, con todo, yo prefiero el Neil Young de ahora, que puede ser mastodóntico pero que conmociona porque se ha convertido en una fuerza de la naturaleza, en una rebelión constante contra los elementos del tiempo; tiene algo de extraordinario contemplar a este abuelo -yo, hasta ahora, sólo en vídeo: ojalá y actúe aquí en directo pronto- desplegar toda su energía con su grupo de rock en directo y sumirse en uno de esos trances que a él tanto le gustan, con canciones interminables que alcanzan la fuerza y el resplandor del rayo que te atraviesa el alma y que después vuelven una y otra vez a la carga, al mismo punto de partida, y consigue que queramos que nunca acaben, porque es como si -eso dice siempre JA- se hubiera hecho con la verdad divina o hubiera resuelto lo que hay que decirle a un dios cara a cara, y una vez conseguida tan preciada fórmula se resiste a desasirse de ella.
Y también está su otra faceta, la que podríamos llamar bucólico-pastoril, que nos sigue dejando piezas sublimes, no aptas para mentalidades impacientes o utilitaristas.

Y todo empaquetado y sellado con la marca de la casa, con la cuerda locura de aquel joven que un día se rebeló like a hurricane contra su padre y contra los valores impuestos y se juntó a tocar con sus amigos la guitarra, sumergiéndose de lleno en los fragores del momento y que mucho tiempo después permanece con ahínco en su empeño, con mucho más conocimiento y -esto es lo curioso- con mayor ímpetu si cabe, para compensar el vigor y la ingenuidad irremediablemente perdidas.
Como muestra de su último disco, Chrome Dreams II, en el que Neil ha grabado por primera vez canciones concebidas para un proyecto de los años 70 que finalmente no vio la luz, os dejo en la videoteca una maravilla que en el CD se extiende por más de dieciocho minutos: Ordinary people, es decir, gente corriente. Justo lo que él no es ni será jamás.

jueves, 6 de diciembre de 2007

ALL ABOUT LAUREN AMBROSE




Ella fue nuestra favorita en Six feet under -casi- desde el principio. Ya cuando en el episodio piloto recibe la noticia de la muerte de su padre inmediatamente después de esnifar cristal con unos amigos vimos que se trataba de un personaje total, como se encargaron de demostrar los guionistas de la serie en cada uno de los capítulos y la propia Lauren Ambrose en su caracterización de Claire Fisher.

Esta suerte de Laura Ingalls posindustrial me fascinó a lo largo de las cinco temporadas de la serie. Inconformista, insegura pero tenaz, librepensadora, con tendencia a sumergirse en lo down y lo negativo -no nos extraña que la asociaran con Radiohead; también le pegan los Cure-, inquieta y heterogénea, sin saber lo que es pero sí lo que no quiere ser, artista incierta y cuestionada, sin un asidero emocional fuerte y estable al que agarrarse -aunque adoraba a toda su familia-, convencida de moverse siempre en el ámbito cool y despreciativa por tanto de todo aquello que no entra en su campo de visión.

Nuestra Claire nos proporcionó algunos de los momentos mejores de la serie, como en aquel cierre de temporada en que comienzan a aparecérsele en un cementerio espectros, entre ellos el de Lisa y el de su bebé no nato; las escenas de amor y de tensión con su madre, tantas y tan buenas; el colocón en un cumpleaños de David; el momento de la fogata en que toda la familia quema cosas y ella pincha a Radiohead desde la ventana; sus increíbles fiestas y presentaciones, especialmente aquella en que, alucinada, pierde la cabeza y sus amigos ante el ilusorio éxito de su serie de deconstrucciones fotográficas; su enfrentamiento con unos clientes de la funeraria a voz en grito y por cuestiones políticas relacionadas con la guerra de Iraq; toda la faceta última de trabajadora de oficina y sus caras de desconcierto y repulsión al conocer el burger donde almuerzan sus compañeros o que éstos consideren un lujo el tener un pase para poder ir al baño -aunque de toda la galería freak de sus novios y novias el que prefiero para ella es Ted, el republicano que allí conoce, precisamente por ser quien a priori menos tenía que ver con su mundo, y como se demuestra él fue al final la mejor opción-.

Pero ahora que concluyó la serie nos interesa todo sobre Lauren Ambrose, y de ella hemos sabido que tiene 29 años y mide 1,68, que nació en New Haven -Connecticut-, que su padre es italiano -su apellido real en D´Ambruoso- y que comparte su vida desde 2001 y en Manhattan con Sam Handel, empresario en la red y ¡fotógrafo!: y que desde hace muy poco tiempo ya tienen un bebé, Orson. Lauren, a quien vemos cada día más guapa, tiene formación como cantante de ópera y recibe clases de piano: vamos, que los datos que hemos ido recopilando no la alejan en absoluto de la imagen que nos habíamos forjado de ella, más bien al contrario.
Y para curiosear: tiene un papel en el In & Out que protagonizara Kevin Kline hace unos años: habrá que revisarla algún día, aunque nos dé pereza.
Bienvenida de nuevo a Korador, Lauren.

sábado, 1 de diciembre de 2007

PROUST Y LA GIMNASIA DE LA INDIFERENCIA


Por lo menos una vez y media he llevado a la práctica la gimnasia de la indiferencia de la que habla Marcel Proust en las páginas de su clásico universal À la recherche du temps perdu.
Se trata de luchar contra la enfermedad amorosa en aquellos momentos en que sabemos que ya no resta sino despeñarnos en picado: es entonces cuando se puede iniciar, como terapia, una especie de recuento de los días que vamos superando sin ningún tipo de noticias, ni acercamientos, a la persona amada y que no nos corresponde y nunca va a hacerlo. Son días en el vacío que se van amontonando con dolor, una suma lúgubre de jornadas que, sin embargo, tienen en nuestro arrebato algo de victorioso, porque queremos imaginar que la persona en cuestión nos echa de alguna manera en falta y estaríamos perpetrando así una especie de venganza sentimental.

Al final del túnel llega el momento en que la cifra de la suma de los días concluye con una victoria definitiva, que es nuestra indolencia, aunque al comenzar la gimnasia no queramos ni pensar en que se pueda sobrevivir con la ausencia de la persona amada, porque eso significa la muerte, la pérdida de todo sentido.
Hay que tener, sin duda, mucha determinación para llevar esta gimnasia a la práctica, mucha más de la que hoy hace falta para ir al gym y pasarse horas haciendo abdominales.
No creo que nadie haya deconstruido la pasión-desesperación amorosa con la obsesión minuciosa que lo hizo Proust.
Aunque yo todavía tengo la obra a medio, la voy leyendo despacio y a intervalos por la noche, estoy acabando la parte de los Guermantes y pronto iniciaré Sodoma y Gomorra. Antes de A la busca del tiempo perdido, me leí Jean Santeuil, que pasa por ser una especie de esbozo imperfecto, pero que a mí me deslumbró sobremanera, por el estilo sublime que yo entonces descubría y por algunos pasajes emocionantes que desde entonces conservo en la memoria:

-Jean discute fuertemente con sus padres y almacena todo el rencor de que es capaz, pero al quedarse solo por la noche y abrir el armario ropero, percibe de súbito la fragancia que emana de un abrigo de su madre, y entonces la identifica con la esencia de ella, que penetra así de alguna manera en su alma, y al hacerlo rompe en lágrimas y se reconcilia con la madre que adora y cuyo espíritu ha sido capaz de distinguir a través de un olor característico.

-Jean está en un bar algo aturdido y de repente irrumpe un amigo bastante nuevo y de posición social superior -los juegos sociales de poder son vitales en la obra proustiana, tanto que a veces cansa- pero con quien ha surgido una complicidad incipiente, y éste, al ver a Jean, para acceder antes a él acorta impaciente el camino pasando por encima de dos o tres mesas de la taberna, ante el estupor general, deseoso de llegar cuanto antes, de expresar así el júbilo que siente al identificar y reconocer a su amigo, lo más importante y puro en su vida en ese momento en que confluyen sus caminos y sus intereses.
(Posteriormente leyendo À la recherche.. me he percatado de que la visión de Proust de la amistad no es nada idealizada, es más bien cruel -en realidad sus disecciones suelen ser siempre crueles- pero ese momento mágico de exaltación y alegría en el Jean Santeuil es inigualable).

No hace mucho se ha puesto a la venta en España el primer tomo -Combray- de la adaptación al comic de Á la recherche.. que ha llevado a cabo Stéphane Heuet. Lo he leído y me ha parecido una maravilla de delicadeza, que os recomiendo vivamente. Es muy fiel al libro, y sin embargo no deja de ser una historieta: en este primer episodio conocemos a Marcel, sus miedos infantiles y la dependencia con su madre, la negativa a compartirla que marcará su posterior historial amoroso y erótico.

Y por supuesto conocemos a su tía Léonie, la que le ofrece la magdalena, un personaje valetudinario que decide encerrarse primero en su casa, después en el dormitorio, para luego ya no salir de la cama, que puede espeluznar a algunos pero que es fascinante a los ojos de Marcel y a los nuestros -es un tipo de mujer mayor rodeada de liturgias que acostumbra a reflexionar en voz alta, un molde muy querido también por nuestro gran Álvaro Pombo-.

((Como siempre, besos)).